Un cómic de tiempos muertos

Bienvenido al blog de "Todo se pega". En este blog iré publicando semanalmente este cómic... No esperes un trabajo profesional, porque no lo es.
"Todo se pega" es un cómic de tiempos muertos... esos diez minutos que me quedan libres en el trabajo, esa media hora que madrugo de más para poder dibujar algo, esos minutos que intento sacar de cada día para hacer unas viñetas, por cutres que me queden a veces...
Así me han ido saliendo varias decenas de páginas del primer cómic de zombis sin zombis, de la historia de un par de amigas atrapadas en el ya tan manido holocausto zombi, que esta vez focaliza su atención, de momento, en mi amada y odiada ciudad de Zaragoza.
Espero que te guste.

sábado, 23 de abril de 2011

Zarazombis#3 Eva

El lunes que viene seguiremos con la historia de Paula en formato cómic, pero, entretanto, seguiremos contando pequeñas historias referentes a algunos de los muertos vivientes que han aparecido.

Una mañana, a mediados de junio, Eva almorzaba con sus compañeros en la cafetería del hospital Miguel Servet de Zaragoza. La animada conversación se centraba en las peripecias de Carmen, allí presente. Trabajadora social jubilada recientemente, la ex compañera dedicaba ahora todo su tiempo a recorrer mundo en compañía de su marido disfrutando allí donde aterrizaban, de las peculiaridades de lugares tan inhóspitos y peculiares como Alaska, Thailandia, Honduras o Caspe.
Se hallaba el grupo en plena explosión de carcajadas, hablando sobre no sé sabe qué aguacero caído allí en la Argentina, cuando un celador irrumpió en el grupo con gesto de prisa y los ademanes de quien trae una exclusiva tan jugosa como prohibida.
-La que se ha liado en salud mental... Han traído esta mañana un grupo de cuatro pacientes de los que dos se han vuelto literalmente chalados mientras estaban en el trabajo... Al parecer, ha habido un accidente en un almacén; un operario se ha caído desde lo alto en mala postura y cuando los compañeros se han acercado a atenderle, se ha vuelto contra ellos y les ha atacado... a mordiscos. Los dos que digo vienen esposados por la policía, el que se ha caído y otro. Estaban fuera de sí y los han encerrado en dos habitaciones diferentes. Me han dicho que los han sedado, pero que no ha valido para nada. Están intentado averiguar si habían consumido drogas o algo estando el curro.
Los otros dos están en observación. Llevan un par de bocados en los brazos que, los he visto, se te revuelven las tripas...

Aquel día transcurrió sin más novedad, pero a la mañana siguiente ocurrió un caso parecido. En esta ocasión, había sucedido en un colegio de Utebo, donde un niño había agredido a un par de profesores y a un policía local que, hallándose cerca, había tratado de intervenir en la situación, que se había dado en el patio de la escuela. Según pudo informarse Eva, el niño se encontraba en un estado parecido a un trance hipnótico, que se tornaba en una agresividad extrema en cuanto alguien, médico, enfermero o celador, se hallaba dentro de su radio de acción.
Un par de horas más tarde, se supo que la jefa de Estudios del colegio en cuestión, que había traído en su propio coche al chaval, presentaba los mismos síntomas que éste, al igual que la profesora a la que había agredido inicialmente. Todos ellos se hallaban recluidos bajo llave en la planta de psiquiatría, aunque la dirección del hospital barajaba la posibilidad de trasladarlos a infecciosos.
Mientras almorzaba, se supo que el policía local se encontraba en coma, que los dos operarios atendidos el día anterior por el ataque de su compañero habían muerto y que toda la familia del niño de Utebo había sido encontrada en su domicilio encerrados en una habitación, mostrando todos la misma sintomatología agresiva y rayando la demencia ya hemos descrito.
Eva se estaba cambiando para irse a su casa cuando le dijeron que, hacía un par de horas, un enfermo terminal de la planta de neumología, había empezado a comportarse de la misma manera y que los médicos que lo atendían se hallaban sumamente desconcertados, dado el estado de extenuación física que, debido a su enfermedad, el paciente presentaba unas horas antes.

Un par de días después, Eva, junto con todo el equipo médico de su planta, fue convocado a una reunión extraordinaria en la que un individuo de aspecto severo, que se presentó como alto funcionario del Ministerio de Sanidad, les comunicó que "cualquier caso de enfermedad que, por su gravedad, pudiera conllevar el deceso del paciente en un plazo de 24 a 48 horas debía ser inmediatamente notificado a él mismo o a la persona que con él se encontraba", una mujer igual de siniestra que quien hablaba. Ambos, dijo, iban a permanecer, decían, las 24 horas del día en el centro hospitalario.

Tras la lógica alarma que tan extraordinario anuncio supuso para todos, Eva y los demás volvieron al trabajo y dejaron pasar los días con relativa calma. En los almuerzos y tiempos muertos, tanto el celador como otros compañeros comentaban en voz baja los nuevos casos del día... y de los traslados forzosos a las tres últimas plantas del hospital que se llevaban a cabo con todos los pacientes cuya gravedad hacía presagiar un desenlace fatal.
Pero, aun siendo todo esto extraño y sospechoso, había dos cosas que escamaban aún más a Eva: una era el silencio informativo impuesto sobre tan inquietantes sucesos. La otra era la cada vez más nutrida presencia policial y militar en cada rincón y cada pasillo del hospital.

Así transcurrieron los meses de junio y julio, pero fue en agosto cuando los rumores que ya corrían por toda Zaragoza encontraron un soporte informativo en un pequeño breve de la sección "Zaragoza" de el Heraldo de Aragón. En dicho breve, se daba publicidad a la noticia, ya sabida por todo el personal médico del centro y por los familiares de algunos pacientes, de que una extraña infección -de carácter hospitalario, decía- había obligado a clausurar militarmente las tres últimas plantas del Hospital Miguel Servet. Tanto el Hospital Clínico como el Militar se hallaban en circunstancias parecidas.
La cosa se puso fea: la presencia policial y militar en el complejo era abrumadora, los familiares y los pacientes estaban angustiados y enfadados, generándose múltiples situaciones difíciles y además, algunos compañeros estaban faltando al trabajo, entre ellos el celador que les había dado las primeros noticias sobre la epidemia al grupo del almuerzo de Eva.

Y llegó el seis de septiembre: Eva estaba pasando consulta a los pacientes cuando, de una habitación, salió un enfermero gritando enloquecido. Cayó sobre Eva y la auxiliar que la acompañaba tirando por el suelo en el encontronazo todo el material sanitario que ésta última portaba y produciendo un gran estrépito. Ello llamó la atención del policía más cercano, un tipo grande, rubio y con expresión de nerviosismo constante.
Mientras el agente detenía al enfermero por la fuerza, Eva pudo oír los gritos que provenían de la habitación de la que el sanitario había salido huyendo. Apenas pudo ver nada más que una enorme mancha roja en la pared, cuando otro sonido llamó la atención de la joven. Provenía de la escalera y sonaba a cristales rotos, a gritos y a ¿disparos? salió corriendo hacia la escalera, se asomó mirando hacia arriba y cuando vio lo que vio, apenas pudo contener el grito que ya se había formado en su interior y que luchaba por salir.
Torpe, pero inexorablemente, un grupo de diez o doce personas, entre pacientes, médicos (Dios, conocía a uno de ellos) y policías descendía las escaleras en dirección al lugar donde ella se encontraba. El aspecto del grupo era aterrador. No por las múltiples heridas y desgarros que algunos de ellos presentaban. No por la torpeza de sus movimientos y su falta de coordinación... No, el grupo resultaba aterrador porque, cuando mirabas a los ojos de cualquiera de los que lo formaban, veías claramente que esa gente estaba muerta. Estaba muerta y caminaba hacia ella.

Sin pensárselo dos veces, la doctora corrió escaleras abajo, decidida a escapar del hospital sin volver la vista atrás. Cada vez que pasaba por la entrada de cada de una de las plantas inferiores, podía ver, por el rabillo del ojo, pequeños grupos de policías o militares que impedían la salida hacia la escalera de las personas, enfermos, familiares o facultativos, que trataban de ganar la escalera que ella ya terminaba de descender. A su paso por la primera planta apenas pudo escuchar las voces de unos hombres que discutían a gritos:
-¡No vamos a disparar contra ciudadanos desarmados!!!
-Usted hará lo que yo...

No pudo escuchar más, ya se encontraba en el pasillo de acceso a la salida y corría mientras escuchaba un creciente murmullo proveniente del vestíbulo del hospital.
Decenas de personas intentaban atravesar las puertas del recinto, pero un nutrido grupo de agentes antidisturbios se lo impedían desde el exterior. Eva quiso unirse al grupo e intentar salir siquiera por la fuerza, pero la visión de dos personas entre los que intentaban escapar la hizo desistir.
Pues, entre la pequeña multitud reconoció unas miradas y unos ademanes idénticos a los del grupo que había visto descendiendo la escalera.

Corrió hacia la salida de Urgencias mientras ya escuchaba gritos en el lugar del que acababa de escapar. Pero allí se encontró con un panorama similar. Así que corrió hacia la salida del edificio nuevo de Traumatología.

Allí comprobó que, para su alegría, había bastante menos gente concentrada. Se acercó al guardia de la entrada, que ya estaba impidiendo la salida de dos enfermeros y le rogó que le dejara salir. El agente, visiblemente alterado, le respondió que el hospital había sido precintado y que nadie debía entrar y salir, arriesgándose quien lo intentara a sufrir las más severas consecuencias.

Al oír esto, los enfermeros aunaron fuerzas y se arrojaron sobre el policía, circunstancia que Eva aprovechó para salir al exterior. Pudo ver en la oscuridad de la noche los faros de tres vehículos policiales que se aproximaban. Se escabulló hacia donde había dejado su coche y ya casi lo había alcanzado cuando una fuerte orden de "Alto" la forzó a detenerse. Se dio la vuelta y pudo ver como los dos enfermeros eran abatidos, en plena calle por los disparos de la policía.
Nadie parecía haber reparado en ella, pero fue entonces cuando sintió un fuerte dolor en el abdomen y supo que había sido alcanzada por una bala perdida.

Desesperada y dolorida, tuvo fuerzas para coger el coche y escapar de aquel infierno. Conducía entre terribles dolores hacia su casa, situada en la Almozara, cerca de una de las salidas de la ciudad. Pudo esquivar el gran atasco que ya se estaba formando en el Paseo del Agua. Al parecer, las cosas se ponían definitivamente muy feas y la gente trataba de escapar de la ciudad. Giró por el Paseo María Agustín y cubrió parte del trayecto, el de entrada de Zaragoza, en dirección contraria. Para entonces, ya se le nublaba la vista y apenas podía controlar el coche. Llegando a la Plaza de Europa, perdió finalmente la consciencia y no se dio cuenta de cómo el automóvil, perdido ya el control, se movía erráticamente hacia el Puente de la Almozara. Allí, el coche se precipitó al parque que crece junto al río Ebro y chocó contra un viejo edificio en rehabilitación situado en la parte derecha del puente.

Eva estaba muerta.

Le costó trece días de forcejeos infructuosos salir del vehículo que había sido su tumba. Un casual "clic" del mecanismo de apertura le permitió salir y moverse libremente por la ciudad. La evacuación ya había sido llevada a cabo y sólo los muertos vivientes caminaban por las calles de Zaragoza.

Ya no le asustaban. Ya era uno de ellos 

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