Un cómic de tiempos muertos

Bienvenido al blog de "Todo se pega". En este blog iré publicando semanalmente este cómic... No esperes un trabajo profesional, porque no lo es.
"Todo se pega" es un cómic de tiempos muertos... esos diez minutos que me quedan libres en el trabajo, esa media hora que madrugo de más para poder dibujar algo, esos minutos que intento sacar de cada día para hacer unas viñetas, por cutres que me queden a veces...
Así me han ido saliendo varias decenas de páginas del primer cómic de zombis sin zombis, de la historia de un par de amigas atrapadas en el ya tan manido holocausto zombi, que esta vez focaliza su atención, de momento, en mi amada y odiada ciudad de Zaragoza.
Espero que te guste.

martes, 26 de abril de 2011

página 35

Después del descanso de Semana Santa, aquí vuelve la historieta de la amiga Paula que, por cierto, ya está llegando a su fin. Incluyo las dos páginas anteriores, por si alguien se ha perdido, jeje.
A estas alturas de la película ya trabajaba de una manera muy parecida a la que trabajo ahora, aunque todavía no es exactamente igual. Ya sé que es una página sin mucho que ver pero, por alguna razón, es una de mis favoritas. Tanto el dibujo de Paula, en el que se saqué la expresión que quería, como el del gato, que se me da fatal dibujar gatetes, me gustan muucho. Hala, la semana que viene más.

sábado, 23 de abril de 2011

Zarazombis#3 Eva

El lunes que viene seguiremos con la historia de Paula en formato cómic, pero, entretanto, seguiremos contando pequeñas historias referentes a algunos de los muertos vivientes que han aparecido.

Una mañana, a mediados de junio, Eva almorzaba con sus compañeros en la cafetería del hospital Miguel Servet de Zaragoza. La animada conversación se centraba en las peripecias de Carmen, allí presente. Trabajadora social jubilada recientemente, la ex compañera dedicaba ahora todo su tiempo a recorrer mundo en compañía de su marido disfrutando allí donde aterrizaban, de las peculiaridades de lugares tan inhóspitos y peculiares como Alaska, Thailandia, Honduras o Caspe.
Se hallaba el grupo en plena explosión de carcajadas, hablando sobre no sé sabe qué aguacero caído allí en la Argentina, cuando un celador irrumpió en el grupo con gesto de prisa y los ademanes de quien trae una exclusiva tan jugosa como prohibida.
-La que se ha liado en salud mental... Han traído esta mañana un grupo de cuatro pacientes de los que dos se han vuelto literalmente chalados mientras estaban en el trabajo... Al parecer, ha habido un accidente en un almacén; un operario se ha caído desde lo alto en mala postura y cuando los compañeros se han acercado a atenderle, se ha vuelto contra ellos y les ha atacado... a mordiscos. Los dos que digo vienen esposados por la policía, el que se ha caído y otro. Estaban fuera de sí y los han encerrado en dos habitaciones diferentes. Me han dicho que los han sedado, pero que no ha valido para nada. Están intentado averiguar si habían consumido drogas o algo estando el curro.
Los otros dos están en observación. Llevan un par de bocados en los brazos que, los he visto, se te revuelven las tripas...

Aquel día transcurrió sin más novedad, pero a la mañana siguiente ocurrió un caso parecido. En esta ocasión, había sucedido en un colegio de Utebo, donde un niño había agredido a un par de profesores y a un policía local que, hallándose cerca, había tratado de intervenir en la situación, que se había dado en el patio de la escuela. Según pudo informarse Eva, el niño se encontraba en un estado parecido a un trance hipnótico, que se tornaba en una agresividad extrema en cuanto alguien, médico, enfermero o celador, se hallaba dentro de su radio de acción.
Un par de horas más tarde, se supo que la jefa de Estudios del colegio en cuestión, que había traído en su propio coche al chaval, presentaba los mismos síntomas que éste, al igual que la profesora a la que había agredido inicialmente. Todos ellos se hallaban recluidos bajo llave en la planta de psiquiatría, aunque la dirección del hospital barajaba la posibilidad de trasladarlos a infecciosos.
Mientras almorzaba, se supo que el policía local se encontraba en coma, que los dos operarios atendidos el día anterior por el ataque de su compañero habían muerto y que toda la familia del niño de Utebo había sido encontrada en su domicilio encerrados en una habitación, mostrando todos la misma sintomatología agresiva y rayando la demencia ya hemos descrito.
Eva se estaba cambiando para irse a su casa cuando le dijeron que, hacía un par de horas, un enfermo terminal de la planta de neumología, había empezado a comportarse de la misma manera y que los médicos que lo atendían se hallaban sumamente desconcertados, dado el estado de extenuación física que, debido a su enfermedad, el paciente presentaba unas horas antes.

Un par de días después, Eva, junto con todo el equipo médico de su planta, fue convocado a una reunión extraordinaria en la que un individuo de aspecto severo, que se presentó como alto funcionario del Ministerio de Sanidad, les comunicó que "cualquier caso de enfermedad que, por su gravedad, pudiera conllevar el deceso del paciente en un plazo de 24 a 48 horas debía ser inmediatamente notificado a él mismo o a la persona que con él se encontraba", una mujer igual de siniestra que quien hablaba. Ambos, dijo, iban a permanecer, decían, las 24 horas del día en el centro hospitalario.

Tras la lógica alarma que tan extraordinario anuncio supuso para todos, Eva y los demás volvieron al trabajo y dejaron pasar los días con relativa calma. En los almuerzos y tiempos muertos, tanto el celador como otros compañeros comentaban en voz baja los nuevos casos del día... y de los traslados forzosos a las tres últimas plantas del hospital que se llevaban a cabo con todos los pacientes cuya gravedad hacía presagiar un desenlace fatal.
Pero, aun siendo todo esto extraño y sospechoso, había dos cosas que escamaban aún más a Eva: una era el silencio informativo impuesto sobre tan inquietantes sucesos. La otra era la cada vez más nutrida presencia policial y militar en cada rincón y cada pasillo del hospital.

Así transcurrieron los meses de junio y julio, pero fue en agosto cuando los rumores que ya corrían por toda Zaragoza encontraron un soporte informativo en un pequeño breve de la sección "Zaragoza" de el Heraldo de Aragón. En dicho breve, se daba publicidad a la noticia, ya sabida por todo el personal médico del centro y por los familiares de algunos pacientes, de que una extraña infección -de carácter hospitalario, decía- había obligado a clausurar militarmente las tres últimas plantas del Hospital Miguel Servet. Tanto el Hospital Clínico como el Militar se hallaban en circunstancias parecidas.
La cosa se puso fea: la presencia policial y militar en el complejo era abrumadora, los familiares y los pacientes estaban angustiados y enfadados, generándose múltiples situaciones difíciles y además, algunos compañeros estaban faltando al trabajo, entre ellos el celador que les había dado las primeros noticias sobre la epidemia al grupo del almuerzo de Eva.

Y llegó el seis de septiembre: Eva estaba pasando consulta a los pacientes cuando, de una habitación, salió un enfermero gritando enloquecido. Cayó sobre Eva y la auxiliar que la acompañaba tirando por el suelo en el encontronazo todo el material sanitario que ésta última portaba y produciendo un gran estrépito. Ello llamó la atención del policía más cercano, un tipo grande, rubio y con expresión de nerviosismo constante.
Mientras el agente detenía al enfermero por la fuerza, Eva pudo oír los gritos que provenían de la habitación de la que el sanitario había salido huyendo. Apenas pudo ver nada más que una enorme mancha roja en la pared, cuando otro sonido llamó la atención de la joven. Provenía de la escalera y sonaba a cristales rotos, a gritos y a ¿disparos? salió corriendo hacia la escalera, se asomó mirando hacia arriba y cuando vio lo que vio, apenas pudo contener el grito que ya se había formado en su interior y que luchaba por salir.
Torpe, pero inexorablemente, un grupo de diez o doce personas, entre pacientes, médicos (Dios, conocía a uno de ellos) y policías descendía las escaleras en dirección al lugar donde ella se encontraba. El aspecto del grupo era aterrador. No por las múltiples heridas y desgarros que algunos de ellos presentaban. No por la torpeza de sus movimientos y su falta de coordinación... No, el grupo resultaba aterrador porque, cuando mirabas a los ojos de cualquiera de los que lo formaban, veías claramente que esa gente estaba muerta. Estaba muerta y caminaba hacia ella.

Sin pensárselo dos veces, la doctora corrió escaleras abajo, decidida a escapar del hospital sin volver la vista atrás. Cada vez que pasaba por la entrada de cada de una de las plantas inferiores, podía ver, por el rabillo del ojo, pequeños grupos de policías o militares que impedían la salida hacia la escalera de las personas, enfermos, familiares o facultativos, que trataban de ganar la escalera que ella ya terminaba de descender. A su paso por la primera planta apenas pudo escuchar las voces de unos hombres que discutían a gritos:
-¡No vamos a disparar contra ciudadanos desarmados!!!
-Usted hará lo que yo...

No pudo escuchar más, ya se encontraba en el pasillo de acceso a la salida y corría mientras escuchaba un creciente murmullo proveniente del vestíbulo del hospital.
Decenas de personas intentaban atravesar las puertas del recinto, pero un nutrido grupo de agentes antidisturbios se lo impedían desde el exterior. Eva quiso unirse al grupo e intentar salir siquiera por la fuerza, pero la visión de dos personas entre los que intentaban escapar la hizo desistir.
Pues, entre la pequeña multitud reconoció unas miradas y unos ademanes idénticos a los del grupo que había visto descendiendo la escalera.

Corrió hacia la salida de Urgencias mientras ya escuchaba gritos en el lugar del que acababa de escapar. Pero allí se encontró con un panorama similar. Así que corrió hacia la salida del edificio nuevo de Traumatología.

Allí comprobó que, para su alegría, había bastante menos gente concentrada. Se acercó al guardia de la entrada, que ya estaba impidiendo la salida de dos enfermeros y le rogó que le dejara salir. El agente, visiblemente alterado, le respondió que el hospital había sido precintado y que nadie debía entrar y salir, arriesgándose quien lo intentara a sufrir las más severas consecuencias.

Al oír esto, los enfermeros aunaron fuerzas y se arrojaron sobre el policía, circunstancia que Eva aprovechó para salir al exterior. Pudo ver en la oscuridad de la noche los faros de tres vehículos policiales que se aproximaban. Se escabulló hacia donde había dejado su coche y ya casi lo había alcanzado cuando una fuerte orden de "Alto" la forzó a detenerse. Se dio la vuelta y pudo ver como los dos enfermeros eran abatidos, en plena calle por los disparos de la policía.
Nadie parecía haber reparado en ella, pero fue entonces cuando sintió un fuerte dolor en el abdomen y supo que había sido alcanzada por una bala perdida.

Desesperada y dolorida, tuvo fuerzas para coger el coche y escapar de aquel infierno. Conducía entre terribles dolores hacia su casa, situada en la Almozara, cerca de una de las salidas de la ciudad. Pudo esquivar el gran atasco que ya se estaba formando en el Paseo del Agua. Al parecer, las cosas se ponían definitivamente muy feas y la gente trataba de escapar de la ciudad. Giró por el Paseo María Agustín y cubrió parte del trayecto, el de entrada de Zaragoza, en dirección contraria. Para entonces, ya se le nublaba la vista y apenas podía controlar el coche. Llegando a la Plaza de Europa, perdió finalmente la consciencia y no se dio cuenta de cómo el automóvil, perdido ya el control, se movía erráticamente hacia el Puente de la Almozara. Allí, el coche se precipitó al parque que crece junto al río Ebro y chocó contra un viejo edificio en rehabilitación situado en la parte derecha del puente.

Eva estaba muerta.

Le costó trece días de forcejeos infructuosos salir del vehículo que había sido su tumba. Un casual "clic" del mecanismo de apertura le permitió salir y moverse libremente por la ciudad. La evacuación ya había sido llevada a cabo y sólo los muertos vivientes caminaban por las calles de Zaragoza.

Ya no le asustaban. Ya era uno de ellos 

jueves, 21 de abril de 2011

Zarazombis#2 Josué

"El que le grabó aquel CD no tiene perdón de Dios". Así se refería el padre de nuestro amigo a quienquiera que, en su momento, le grabó al bueno de Josué un Compact Disc en el que tan solo podía leerse las palabras "RAC ESPAÑOL".
No fue un proceso muy radical, pero el cambio que fue operándose en la personalidad de Josué fue tan extremo como irreversible. A los 12 años, con uno solo de instituto, el chaval decidió raparse la cabeza y frecuentar la poco recomendable compañía de los miembros más jóvenes de determinado partido político de extrema derecha... A los 14, fue conducido por primera vez ante el juez de menores, acusado de haber participado en la paliza que un joven marroquí recibió en el zaragozano barrio de la Almozara. A los 18, ya era miembro de pleno derecho del movimiento Skin Head NS zaragozano, derecho adquirido, por cierto, mediante el uso frecuente de la violencia en su relación con los miembros de otros colectivos, digamos"molestos" (véase extranjeros, izquierdistas, homosexuales, etc.)
Hastiados, aborrecidos, asqueados, sus padres tomaron la determinación de echar al joven Josué de casa, expulsión a la que el muchacho respondió con un "¡
Que os jodan, no quiero volver a ver a una gente que me puso nombre de judío".

Dos años después, llegó el horror. Viendo las noticias en el salón del piso que compartía con Manuel- otro miembro activo del movimiento neonazi zaragozano, el cual se había librado de una larga condena por homicidio gracias a un error de forma en el juicio-, Josué sólo acertaba a exclamar:
"¡Los putos negros! ¡Esto lo han traído los putos negros! ¡Nos han jodido! ¿No podían quedarse en su puta selva?!"
Manuel se limitaba a asentir, silencioso, mientras por la pantalla de la tele se asomaban los terribles espectros de quien, hasta hacía un par de días, eran vecinos y amigos, y ahora eran una cruel parodia caníbal del ser humano.
Una tarde de septiembre, cuando las cosas empezaban a ponerse feas y ya no era extraño encontrarse por la calle con esa gente, Josué llegó a casa exaltado, tembloroso, pero, a su vez, extrañamente animado.
-
¡Vamos a por ellos! -gritaba. -Hijos de puta, hoy el jefe ha decidido cerrar el taller hasta que todo esto pase. ¡Estoy sin trabajo!!!
Los he visto, he visto a dos de ellos deambulando por el puente de la Almozara. Dan escalofríos, tío. Estoy seguro de que lo que dicen por el Facebook es verdad, ¡están muertos!!! ¡Son muertos vivientes, como en las putas películas!!!
Manuel, encerrado en su habitación, no respondía.
-Hoy he quedado con todos los del partido, vamos a hacer una batida por la mezquita. Me han dicho que los moros guardan ahí a sus enfermos y a sus muertos, porque creen que en el rumor ese que dice que a todo el que enferma de gravedad, lo ejecutan.
¡Vamos a ir y les vamos a machacar la cabeza a los putos moros, joder!!!
Como quiera que Manuel no respondía, Josué entró en su cuarto y apenas pudo ahogar un gemido de dolor cuando vio a su amigo ahorcado del gancho de la vieja lámpara de araña. A sus pies, una nota escrita en mayúsculas, dirigida a Josué, quien la leyó con las primeras lágrimas que sus ojos derramaban en... tantos años.

ES EL FIN. NO PIERDAS EL TIEMPO Y HUYE. YO NO TENGO FUERZAS.

En la mano agarrotada de Manuel podía verse una fotografía de sus padres, con quien tampoco se hablaba, igual que Josué desde hace años. Sobre la cama, el teléfono portátil emitía una débil señal. Manuel no había llegado a colgar a quien le había llamado para darle la noticia.
Dos horas más tardes, mientras Manuel se agitaba en la cuerda de la que había quedado colgado, Josué salía a calle armado con un bate de béisbol. Se protegía la cabeza con el casco de la moto y en el bolsillo llevaba un puño americano. Se mordió el labio inferior cuando sus compañeros le preguntaron por Manuel, pero no dijo nada sobre la suerte que había corrido.
Los doce jóvenes rapados caminaban decididos hacia la calle Reino, donde se halla la mezquita de la Almozara cuando vieron otra pandilla, en este caso, un grupo de dominicanos, que parecía dirigirse hacia el mismo lugar.
La refriega fue rápida, ruidosa, violenta. Ya se habían encontrado en otras ocasiones, aunque la violencia que exhibieron esta vez fue desmedida por ambos bandos. La tensión acumulada por todo el mundo, el estado de terror en que vivían desde agosto, había convertido a estos jóvenes, como a tantos otros, en gente potencialmente tan peligrosa como aquellos que les habían infundido ese terror.
El último acto consciente de Josué fue quitarse el casco para golpear a un joven negro con él en la cara. Mientras lo hacía, notó un fuerte pinchazo en la espalda y después, una sensación de ahogo en las entrañas, como cuando era pequeño y su padre intentaba enseñarle a nadar con lamentables resultados y Josué tragando litros y litros de agua. Empezó a escupir y después vomitar sangre. Cayó  de rodillas y murió pensando en ese hombre que le había puesto nombre de judío y que tres días después habría de morir descuartizado en plena calle Conde Aranda, en un vano intento por reencontrarse con su hijo menor, perdido hacía dos años, un mes y seis días.
Cuando Josué despertó, ya no sentía el odio que le había devorado desde su más temprana adolescencia. Junto con un chaval latino que también había perecido en la pelea, y cuyo cadáver ya nadie recogió, nuestro buen amigo empezó a caminar sintiendo tan solo una cosa: HAMBRE.  

miércoles, 20 de abril de 2011

Zarazombis #1 Elvira

Durante la semana santa no va a avanzar la historia, pero vamos a contar como algunas personas terminaron vagando por la calle como vulgares carcasas sin alma.

ELVIRA

Elvira llevaba tres años encerrada en su casa después de que la pérdida de su único hijo la sumiera en una profunda depresión. Aprendió a hacer la compra por Internet y se negó durante todo ese tiempo a pisar la calle, ni siquiera cuando se encontraba mal y necesitaba ir al médico. Tampoco recibía visitas, aunque, ciertamente, no quedaba nadie que quisiera ir a verla.
En agosto de 2011 empezó a mirar con incredulidad las noticias de la televisión que informaban del cierre de dos plantas del Hospital Universitrio Miguel Servet, en el que había trabajado durante años. Al parecer, una infección hospitalaria fuera de control había puesto en jaque a las autoridades sanitarias, ya no sólo en Zaragoza, sino también en el resto de España y, aparentemente y según pudo verse después, en todo el mundo.
Ocasionalmente pudo ver en la pantalla de su televisor ciertas imágenes borrosas de los afectados por la presunta infección. La visión le resultó tan aterradora que no tardó en autoconvencerse de que todo el asunto respondía a una manipulación más de los medios audiovisuales.
Resolvió no  encender más la tele, si acaso vería viejas películas  y teletiendas cuando ya no se emitieran telediarios. Finalmente, tuvo que apagar la tele, porque los informativos copaban toda la programación.
Una noche, a primeros de septiembre, a eso de las tres de la madrugada, oyó gritos en la calle Pablo Gargallo, donde residía. Por un segundo, apunto estuvo de asomarse a ver que ocurría, pero decidió bajar la persiana, cerrar las ventanas e ignorar todo sonido proveniente del exterior...
El segundo miércoles de septiembre no llegó el chico que le traía la compra del supermercado. Envió mails e hizo llamadas, pero no obtuvo respuesta.
¿Qué hizo entonces? Decidió comer menos; a fin de cuentas, se estaba poniendo muy gorda y tenía suficientes reservas de alimento en casa.
El trece de septiembre, oyó alboroto en la escalera de su casa. Reconoció las voces de sus vecinos... sonaban alteradas, nerviosas. Escuchó sus pasos apresurados escaleras abajo y volvió la tranquilidad.
Finalmente, el 16 de septiembre, estando Elvira a punto de darse un baño, se oyeron unos fuertes golpes en la misma puerta de su apartamento. Era la policía, decían. Venían a evacuarla, pues la situación empazaba a escaparse del control de las autoridades y se había declarado una evacuación obligatoria.
Un pequeño haz de luz se abrió camino en la turbia percepción que Elvira tenía del mundo. Intuyó el peligro y tuvo claro que debía aceptar la protección que le ofrecía la policía...
Pero no le dieron tiempo a vestirse; irrempieron en la casa y se llevaron a Elvira vestida tan solo con un batín de baño.
La imagen de los policías armados hasta los dientes impresionó vivamente a nuestra heroína, tanto que siguió a los agentes semidesnuda, sin decir ni pío. Sin embargo, Elvira notó que algo iba mal... el corazón le latía de una manera extrañamente acelerada, o incluso irregularmente. Una sensación de ahogo desconocida apretaba la tráquea de la buena mujer mientras bajaba las escaleras custodiada por hombres fuertemente parapetados para una circunstancia de peligro extremo.


Cuando por fin, tras meses de autorreclusión, Elvira piso la calle, la sensación distó mucho de ser agradable; tras una apresurada barrera formada por contenedores de basura y vallas de obras, la mujer pudo ver a unos personajes de aspecto muy similar  a aquellos que había contemplado vía TV cuando todo el problema comenzaba a irse de madre,
El corazón de Elvira se detuvo sin más ante la visión de los muertos vivientes y cayó a la acera con gran estrépito. Los policías que la custodiaban dejaron el cadáver y huyeron hacia el furgón en que habían llegado sin recoger a nadie: la precaria barricada había caído y los muertos vivientes ya rodeaban a los vecinos evacuados aquella mañana.


Un par de minutos después, Elvira abrió los ojos y sintió una nueva necesidad, un hambre feroz que hasta entonces no había conocido. Desde entonces, desnuda y muerta, camina por las calles con la única intención de saciarlo.

lunes, 11 de abril de 2011

página 34

Aquí sí que pude meter la viñeta de manera que ocupara toda la página. Conforme iba haciendo la viñeta, se me iban ocurriendo las historias que hicieron que estas persona acabaran como los veis. Pero no llegué a escribirlas. Dos de los personajes están inspirados en gente real del barrio de la Almozara, uno con cierto parecido y otro con ninguno en absoluto. Se trata de la mujer del jersey a rayas y del tipo de gafas que se medio ve tras el del traje. Tenía algún muerto viviente más, pero no se le iba a ver, así que quedaron en el bloc de dibujo durmiendo el sueño eterno de los justos...

página 33

Bueno, volvemos a encontrarnos con una viñeta de decorado hecho íntegramente con el ordenador; se trata de la Calle de la Reina Felicia de Zaragoza, donde viví durante unos 8 años hasta hace unos 6 meses...
Mi idea al principio era que la viñeta con los muertos vivientes ocupara toda la página, pero no tuve modo de encajar las otras dos. Corriendo publico la página siguiente, porque ambas páginas van necesariamente encadenadas.

lunes, 4 de abril de 2011

página 32

Sí, sí, ya me doy cuenta de que esta página no supuso un esfuerzo máximo, ya que aprovecho el mismo decorado de antes, pero vaya... Mi idea era meter estas tres viñetas y la última de la anterior en la misma página, pero al final no pude o no supe encajarlas... No salió como yo quería, pero la secuencia me gusta. Por cierto, el decorado de esta página también es "virtual", no existe en papel, lo hice directamente con el potochop. Y os preguntaréis... ¿de quién huyen estos dos muchachos de la segunda viñeta???